Larga vida a las librerías
Uno de los mayores placeres de mi vida es ir a una librería y pasar un buen rato ojeando sus estantes. En un mundo donde todo funciona a golpe de "click", y el formato físico ha sido relegado a un segundo plano -o a un tercero-, fomentar la lectura en papel es de vital importancia con el fin de que nos desintoxiquemos un poco de las pantallas. Bien es cierto que, en mi casa, cada vez queda menos espacio, pero da igual. Los libros nunca sobran. Por otra parte, la labor del librero va mucho más allá de tener amplios conocimientos literarios; gracias a las personas que desempeñan este oficio, la gente continúa leyendo y acudiendo a sus establecimientos, ávidos de nuevas historias. Además, uno agradece hablar con un ser humano, y no con una máquina cuya voz robotizada es más artificial que los alimentos ultraprocesados que consumimos en cantidades ingentes. No es, simplemente, ir a un sitio a por la novela X, sino el trato cercano y las ganas de volver que se le quedan al visitante. Esperemos que las generaciones venideras sepan qué es tocar un libro, y no solamente tiren de "epub".
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