Cuando gobernar deja de ser servir: la tragedia de un país que ha perdido la confianza
Lo verdaderamente grave de una tragedia no es solo lo que ocurre, sino descubrir después que pudo evitarse.
Y cuando los accidentes se repiten, las explicaciones empiezan a perder credibilidad y las preguntas se vuelven mucho más incómodas.
Un país no puede permitirse que viajar en tren se convierta en una cuestión de confianza ciega. Las infraestructuras no se mantienen solas, la seguridad no funciona por inercia y las responsabilidades no desaparecen porque nadie quiera asumirlas.
Hay que investigar, sí, pero también mirar hacia arriba. Examinar decisiones, presupuestos, mantenimiento, inspecciones y advertencias desatendidas. Determinar quién tomó las decisiones, quién tenía que supervisarlas y quién miró hacia otro lado. No se trata de buscar cabezas de turco, sino de evitar que los verdaderos responsables se escondan detrás de una investigación interminable.
Y la responsabilidad política no puede quedar al margen. Quien dirige un servicio público esencial debe responder por su funcionamiento. Si no se ha sabido garantizar algo tan básico como la seguridad, hay que tener la dignidad de asumir las consecuencias. La de dimisión no es una decisión, es obligación.
Lo contrario es aceptar que todo siga igual hasta que vuelva a ocurrir.
Un país serio no mide la eficacia de sus responsables por lo bien que explican una tragedia, sino por su capacidad para evitarla.
Los trenes deben transportar pasajeros, no incertidumbre ni miedo a perder la vida.
Esas dos tragedias se pudieron evitar. Todos lo sabemos. Ustedes también.
Por eso, todos los responsables deberían dejar de serlo. Ya está bien.
Quien tiene bajo su responsabilidad vidas humanas debe exigir y exigirse todas las medidas, inspecciones y medios necesarios para evitar una sola muerte. Un tren circula sobre raíles y en una sola dimensión. Si somos capaces de controlar la posición y seguridad de un avión en tres dimensiones, ¿cómo no vamos a garantizar la de un tren?
Nada funciona, si hablamos de Sanidad, las listas de espera también matan. Las huelgas añadidas mucho más, ¿quién despide y pide responder a quien pone en riesgo las vidas que debiera proteger? ¿Dónde están las soluciones? Pasajeros, pacientes y ancianos abandonados, vivienda inaccesible, encarecimiento de la vida, promesas incumplidas y accidentes que se repiten, fronteras invadidas, carestía de vida... Mientras tanto, nuestros políticos parecen más preocupados por sus privilegios que por los ciudadanos.
Se está perdiendo la confianza en todo: justicia, igualdad ante la ley, separación de poderes, seguridad y palabra política. Un país gobernado por Sánchez, apoyado por Otegi, Puigdemont, Rufián, Belarra, Irene Montero y Yolanda Díaz, y rodeado de polémicas, investigaciones y acusaciones que afectan a personas de su entorno, proyecta una imagen de profunda descomposición institucional y social.
Lo verdaderamente grave es que la ciudadanía empieza a no confiar en nada ni en nadie. Lo peor es que ya no confiamos en que quienes vengan lo hagan mejor. Y ahí reside la verdadera preocupación.
La ciudadanía no puede seguir votando a quienes están ahora en el poder, porque hacerlo sería convertirse en cómplice de un desastre anunciado. Pero se enfrenta a un dilema enorme: tendrá que confiar su voto a opciones que quizá jamás habría considerado, aun sabiendo que sus integrantes podrían acabar siendo tan nefastos, corruptos e indecentes como quienes pretende sustituir.
Es una encrucijada difícil, especialmente cuando hemos llegado al extremo de admitir que nos gobierne una clase de personajes cuya trayectoria profesional parece haber comenzado y terminado dentro de la política, sin apenas experiencia en el mundo real, fuera de los partidos y sus estructuras de poder.
El abanico de posibilidades de fracaso es inquietantemente amplio.
Quizá termine repitiéndose algo parecido a lo ocurrido en Serbia, donde el descontento con el aparato político tradicional dio protagonismo a listas de carácter independiente, integradas por estudiantes y profesores universitarios. Una respuesta al hartazgo de una ciudadanía cansada de partidos convertidos en estructuras de promoción personal, donde demasiados aspirantes parecen buscar antes su propio bienestar que el interés general. Aunque aquí ya tuvimos una experiencia parecida con Podemos en su día, y el resultado fue muy nefasto, enseguida se convirtieron en la peor casta que decían venir a combatir.
Porque el verdadero problema no es solo quién nos gobierna, sino un sistema que parece haber convertido la política en un fin en sí mismo, olvidando que debería ser, ante todo, un servicio a la sociedad.
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