La generación de hielo
El otro día mi madre me estuvo contando que desde hace unas semanas estaba
especialmente interesada en todo lo relacionado con la Guerra Civil y, por ende, la
memoria histórica. Me hizo ver cómo muchos de nuestros abuelos, o los padres
de estos, cuando hablaban de la guerra solo lo hacían compartiendo alguna
anécdota épica o algún suceso especialmente destacable.
El porqué de esto se explica en que muchos de ellos, a diferencia de en nuestro
mundo actual, prefirieron obviar u olvidar lo sucedido antes que intentar sanar las
muchas heridas, aún abiertas, que esta cruel guerra entre españoles dejó en sus
cuerpos, corazones y recuerdos.
Fue verdaderamente desgarrador oír a mi madre compartir testimonios que oyó de
jóvenes que, en la mayoría de los casos, no luchaban por otro bando que no fuera
el de la supervivencia, que bebían hasta perder la cordura o hasta olvidar el valor
de una vida y así poder disparar a chavales con los que quizás, en mil y otras vidas,
hubieran tenido una bonita amistad.
Esto y mil atrocidades más fueron vividas, oídas o vistas por una generación
entera que, aunque no lo compartió, sin duda les marcó. Sin embargo, quizás por
la dura posguerra o el frío régimen en el que se criaron, jamás abrieron su corazón
ni invitaron a reflexión.
Probablemente, muchos de ellos murieron felices por haber visto la construcción
de un país en el que finalmente el humano sensible era aceptado y en el que se
podía pensar, rezar, leer y amar en libertad. No obstante, parece que ese miedo a
poder decir qué opinas, cómo te sientes o a qué te opones vuelve a ser palpable
en la construcción de un nuevo mundo, cada vez menos humano y del que
muchos de los mencionados hubiesen deseado ser exiliados.
Finalmente, me parece que hay una frase muy importante a recordar en estos
días: destruir es muy sencillo; lo difícil, por contrario, es construir.
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