El desconcertante misterio del más allá
Hay personas que tienen una manera especial de entender la vida, de relacionarse con los suyos y, sobre todo, de mantener vivo el recuerdo de quienes ya no están. Jamín Cordero es una de ellas. Me admiran su espiritualidad, su sensibilidad, su relación con la familia y esa capacidad tan suya de recordar con el corazón a quienes la muerte ha apartado de nuestra compañía.
A veces pienso que me gustaría parecerme a él. Sin embargo, mi naturaleza, quizá demasiado racional, mi calculada frialdad o, sencillamente, mi incapacidad para aceptar aquello que no puedo comprender me impiden mostrar esa predisposición a creer en un más allá.
Eso sí, compartimos mili, profesión, valle y concejo de nacimiento, deporte, admiración y esa amistad sin presencia que sabemos está ahí. Y si, si existiera otra vida, tu serías alguien que estuviera ahí, con otras personas que jamás quisiera alejar de mi. ¿Te imaginas el rencuentro?
No soy una persona que niegue necesariamente la existencia de algo superior. Pero una cosa es admitir que pueda existir una realidad que escapa a nuestro entendimiento y otra muy distinta creer en reencuentros físicos o espirituales después de la muerte. Nadie ha conseguido descifrar ese misterio. Y quizá sea precisamente por eso por lo que me cuesta tanto aceptar algunas de las imágenes que construimos alrededor de él.
Porque, si nos detenemos a pensar, la supuesta vida después de la muerte podría plantearnos situaciones de una complejidad sentimental difícil de resolver.
Imaginemos un matrimonio que ha compartido toda una vida de amor y complicidad hasta que la muerte se lleva a uno de sus miembros. El otro, con el paso del tiempo, consigue rehacer su vida, vuelve a enamorarse y encuentra en otra persona una nueva oportunidad para ser feliz. Pero resulta que esa segunda persona también ha vivido una historia semejante: perdió a su pareja, volvió a amar y construyó una nueva relación.
Y ahora imaginemos el supuesto reencuentro de todos ellos en ese hipotético más allá. ¿Qué lugar ocuparían los antiguos amores? ¿Y los nuevos? ¿Habría que recuperar los sentimientos de antaño, explicar las decisiones tomadas o justificar que la vida continuó para quienes se quedaron? ¿Con quién se reencontraría realmente cada uno?
Y esto sería solo el principio.
Pensemos también en las infidelidades ocultas, en las promesas incumplidas, en los secretos cuidadosamente guardados durante décadas y en tantas verdades que nunca llegaron a salir a la luz. ¿Qué sucedería si, después de la muerte, nos encontráramos cara a cara con alguien que decía amarnos pero cuya verdadera historia desconocíamos? ¿Sería aquel encuentro una celebración o el comienzo de una interminable sesión de reproches y explicaciones pendientes?
Lejos de imaginar una armoniosa reunión celestial, a veces pienso que aquello podría convertirse en un auténtico laberinto de sentimientos, reclamaciones y contradicciones. Casi sería necesario establecer turnos para pedir explicaciones. ¡Menudo panorama para la eternidad!
Quizá el problema esté en que imaginamos el más allá con las mismas categorías con las que entendemos la vida. Proyectamos allí nuestros amores, nuestros deseos y nuestras esperanzas, sin reparar en que, si existiera otra realidad, tal vez sus reglas fueran completamente distintas.
Aun así, confieso que siento cierta envidia de quienes tienen esa capacidad de creer. De quienes encuentran consuelo en la idea de que la muerte no representa una despedida definitiva y de que, de alguna manera, volveremos a encontrarnos con aquellos a quienes tanto hemos querido.
Me gustaría poseer esa serenidad, esa sensibilidad y esa fe. Pero no puedo obligarme a creer en aquello que mi razón no consigue aceptar.
Y, sin embargo, hay algo que sí comparto con quienes creen: la necesidad de mantener vivos los recuerdos, de honrar a quienes nos precedieron y de reconocer que algunas personas siguen ocupando un lugar irremplazable en nuestra existencia, aunque ya no podamos abrazarlas.
Tal vez no haya reencuentros después de la muerte. Tal vez sí. No lo sabemos.
Mientras tanto, prefiero pensar que la verdadera eternidad está en la huella que dejamos en los demás y en la memoria de quienes nos quisieron.
Porque no hace falta creer en otra vida para comprender que hay personas que nunca terminan de marcharse.
Un abrazo enorme y eterno, amigo Jamín.
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