Oviedo, la ciudad de mi infancia, y una multa que habla de desigualdad
Soy hijo de Segundo Coto, médico de Oviedo. Crecí en la calle Uría, en una ciudad que tuve que abandonar siendo todavía un niño por circunstancias de la vida, pero a la que nunca he dejado de sentir como mía.
Aunque hoy resido en Galicia, siempre he regresado a Oviedo con cariño, con orgullo y con esa sensación tan especial de volver a los lugares donde uno fue feliz.
El pasado 27 de marzo regresé para llevar a mi hija al oculista. Me dirigía a la vivienda que mi familia todavía conserva en la calle Uría, una casa que forma parte de nuestra historia y de mis recuerdos de infancia.
Semanas después recibí una multa de 200 euros por acceder a la zona de bajas emisiones desde Marqués de Santa Cruz. No advertí la señal que indicaba la restricción y en ningún momento fui consciente de estar cometiendo una infracción.
Pero lo que verdaderamente me indigna no son los 200 euros.
Es la injusticia social que, a mi juicio, esconden estas restricciones.
No cuestiono la necesidad de proteger el medio ambiente ni de mejorar la calidad del aire. Lo que cuestiono es que quienes disponen de recursos económicos para adquirir un vehículo moderno puedan circular, mientras que quienes conservan coches antiguos, muchas veces porque no pueden permitirse otro, se vean excluidos y sancionados.
¿Desde cuándo la capacidad económica debe condicionar quién puede acceder a determinadas calles de una ciudad?
Un ciudadano no es menos respetuoso con el medio ambiente por no poder comprarse otro automóvil. Tampoco deberíamos olvidar que prolongar la vida útil de los bienes, incluidos los vehículos, tiene su propia dimensión medioambiental.
Me parece especialmente triste que una medida presentada como un avance para todos pueda terminar castigando con mayor dureza precisamente a quienes tienen menos posibilidades económicas de adaptarse.
Y me duele que esto suceda en Oviedo.
En esa ciudad donde mi padre ejerció la medicina, donde crecí y a la que siempre he regresado sintiéndome en casa. Una ciudad que siempre he considerado acogedora y orgullosa de su identidad, pero que esta vez me ha dejado una sensación de profunda decepción.
No escribo estas líneas para solicitar que me retiren la multa ni para pedir ningún privilegio. Las escribo porque considero que nuestros responsables públicos deberían reflexionar sobre las consecuencias sociales de sus decisiones.
Proteger el medio ambiente es necesario, pero hacerlo sin tener suficientemente en cuenta la realidad económica de las personas puede generar nuevas desigualdades.
¿Estamos construyendo ciudades más limpias y accesibles para todos, o ciudades en las que el derecho a circular depende cada vez más del dinero que uno tiene?
Seguiré queriendo a Oviedo como la ciudad de mi infancia. Precisamente por eso me duele verla adoptar medidas que considero tan poco sensibles con quienes tienen menos recursos.
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