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Pedantería científica

17 de Febrero del 2012 - Roberto Hartasánchez (Oviedo)

Desde hace un tiempo, LA NUEVA ESPAÑA entretiene a sus lectores con los escritos de una vieja teoría de la conservación basada en el criterio del cientificismo y la conservación en lata de la naturaleza, criterios firmados por los integrantes amparados en el ámbito de la organización Geotrupes, que para los no muy iniciados en nombres científicos hace referencia al escarabajo pelotero.

Las alusiones al FAPAS son frecuentes y es de agradecer, puesto que debe de ser así por tratarse de una de las pocas ONG que hace algo por la naturaleza en Asturias y que precisamente por hacerlo somos foco de su atención.

Rolando Rodríguez Muñoz, que es el que más nos ameniza con estos escritos y al que felicito, ya que le conozco desde su adolescencia y recuerdo aquel pesimismo crónico que sufría sobre la consideración de que nada se podía hacer por la conservación de la naturaleza en Asturias, al haber encontrado ya una salida positiva a través de la ciencia.

Esta vez critica nuestro planteamiento de no hacer trabajos basados en criterios científicos, tal como indicamos en nuestra web, pero obvia el contexto de la frase: Nuestras acciones no se basan en estudios científicos, sino en el profundo conocimiento del entorno natural en el que se desenvuelven las especies de fauna que se pretende conservar, osos, aves carroñeras, urogallos, etcétera… y de las actividades humanas que históricamente han compartido el territorio con ellas, ganadería, apicultura, agricultura, etcétera.

Lo cierto es que resulta difícil tratar de establecer un marco de contestación adecuado en términos de conservación de la naturaleza a los escritos de estos firmantes de Geotrupes, puesto que su premisa fundamental parece ser que todo lo que se hace en Asturias en conservación, sea quien sea el que lo hace, es todo un despropósito de errores, dado que no es científico, y parece ser que el liderazgo del cientificismo lo enarbolan ellos precisamente por ser profesores y estar vinculados a la Universidad, siendo titulados superiores.

Que la estrategia adecuada para conservar sea únicamente la investigación científica y el criterio científico es, quizás, el resultado del desconocimiento de otras realidades, tan pragmáticas en conservación como lo científico. Despreciar los aspectos de conocimiento sociales porque no son científicos resulta ya en sí de una gran ignorancia, impropia de alguien que pretende con sus argumentos dar relevancia a un aspecto fundamental del ser humano: el conocimiento.

¿Despreciaríamos a un indígena de una tribu del Amazonas por los conocimientos no científicos que posee sobre la naturaleza, sobre las propiedades de las plantas, sobre sus usos?

La pedantería de los escritos firmados en LA NUEVA ESPAÑA por estos personajes del ámbito universitario tratando de hacer prevalecer su obsesionada consideración de que los más variados aspectos de la conservación y la gestión de la naturaleza deben estar sometidos al criterio científico y que éste, según parece, sólo está en manos de unos privilegiados plantea en sí misma serias dudas de para qué sirve entonces la propia Universidad.

Para aplicar el criterio plano de que conservar es no tocar nada no parece necesario que desde la Universidad se prepare a cientos de jóvenes cuya función podría estar en la gestión de los recursos naturales.

Si la gestión o la conservación de esos recursos naturales, tal como Rolando plantea en su último artículo de “Más evidencias y menos suposiciones”, se deja en manos de organizaciones que carecen de cualificación, y de sus palabras se deduce que las decisiones de las administraciones son todas un desastre, no entiendo entonces para qué sirven los biólogos, licenciados en Ciencias Ambientales, ingenieros forestales o de otras disciplinas que se encuentran trabajando en las ONG o en la Administración pública en puestos de responsabilidad, desde los cuales ejercen su actividad profesional.

¿Debemos entender que el conocimiento solamente se encuentra dentro de la Universidad?, ya que tanta crítica pone en evidencia que en cuanto un licenciado se pone a trabajar y se integra en la sociedad, como no es un científico, sus conocimientos ya no son válidos.

O lo que estos escritores defensores de lo científico tratan de decirnos es que ¿sólo ellos son los privilegiados en poseer el conocimiento de cómo se protege la naturaleza? Pues adelante, magnífico. Hagan llegar ese conocimiento científico a la sociedad para proteger nuestro patrimonio natural, pero, por favor, que sea pronto.

Pero, mientras tanto, resulta petulantemente estúpido pretender creer que el resto de la sociedad somos unos inútiles incultos, carentes de conocimientos como para no poder participar en una tarea tan grande y compleja como es proteger la naturaleza. Si así fuera, por ejemplo, ya no habría osos en Asturias, y si hubiéramos dejado trabajar solamente a los científicos, quizá tampoco: cuando se pusieron a hacerlo, hubo que pararlos cuando todo lo que tocaban se moría.

Roberto Hartasánchez, presidente del FAPAS, Oviedo

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