La civilización horizontal

Las parroquias de la expansión residencial del sudeste de Gijón, con más de 2.000 habitantes de ganancia en este siglo, reivindican su modelo de crecimiento dilatado de raíz agraria frente a la amenaza de la edificación vertical, en altura

Marcos Palicio / El Gijón Residencial (Gijón)

El Piles pone los límites que cambian un edificio de diecisiete pisos por más de treinta kilómetros cuadrados de chalets y urbanizaciones. Gijón no vuelve a ser el mismo desde que se cruza el puente que salva el río en el extremo más oriental del Muro de San Lorenzo. La ciudad se transforma y, sin más separación que el breve cauce, de pronto las torres que dibujan el perfil vertical de la fachada marítima dejan paso a la planta y piso de las colonias de vivienda unifamiliar y los adosados. En el arranque de la carretera del Piles al Infanzón, la mancha urbana se distiende en cuanto el indicador anuncia Somió. Mengua drásticamente la edificación en altura y Antonio García, abogado, presidente de la Asociación de Vecinos de Deva y antiguo habitante de La Providencia, desliza un poso de amargura por debajo de la certeza de que «somos privilegiados. Tenemos la zona rural pegada al centro». A la vista del verde que resiste en Deva, o de la casa con panera vecina de un aparatoso chalet en el barrio de San Antonio, su inquietud nace de la necesidad de mantener el paisaje de este Gijón agrario reconvertido en residencial a salvo de la voracidad urbanizadora que destilan las planificaciones recurridas a fuerza de pelea vecinal, recién desactivadas en los tribunales. Piensa en los crecimientos verticales del plan urbano, en las moles de siete pisos proyectadas en Bernueces, en las cinco alturas del «Muro de Cabueñes» o las 8.000 viviendas que desfigurarán Granda. Lamenta el propósito de hacer más ciudad al Este de la ciudad con planteamientos similares a los del centro. El eco de su lamento recorre el Este del casco urbano gijonés y se transmite por las parroquias rurales reinventadas, por el viejo Gijón agrario de las nuevas urbanizaciones y la vivienda unifamiliar, sorprendido en 2012 en plena maniobra doble de huida: por un lado, en lo social, del espíritu impersonal de la ciudad dormitorio; por otro, en lo urbanístico, de la pretensión que, expresada desde Bernueces en la voz de Ovidio Río, adelanta un futuro en el que puede «desaparecer la parroquia para convertirse en un barrio de Gijón». «Me parece catastrófico», sentencia.

Todavía, sin embargo, al entrar en Somió desde lo más vorazmente urbano de la ciudad, «Oasis» puede ser una definición además del nombre de una discoteca. Al comprobar que el barrio residencial por excelencia lleva sin pausa su paisaje urbanizado desde el Muro de San Lorenzo hasta el límite de Gijón con Villaviciosa, queda claro que al repartir los crecimientos de la ciudad al Oeste le dieron la industria y al Este, y poco a poco cada vez más también al Sur, le tocó la parte limpia de este desarrollo residencial. El tránsito de la huerta al chalet, todavía no completado del todo, es el que explica y acompaña el paso de la parroquia de Cabueñes desde los pocos más de mil habitantes que tenía en 2000 hasta los casi 1.500 de 2012, el progreso de Bernueces de setecientos a 1.070 o los de Deva, de 547 a 705, y Leorio, de 343 a 428 incluyendo Mareo. Así también Somió, la más grande y la más poblada, el paradigma de la solera residencial en Gijón, ha subido mil más, de 6.300 a 7.441. Total, en poco más de una década, 2.200 vecinos nuevos sólo en estas parroquias, bastantes más de 3.000 si se abarca en su conjunto toda la zona rural del concejo. Será que «la gente joven quiere vivir en el campo», conjetura Amalia Blasco desde su casa en Cabueñes; influirá que el Gijón rural esté pegado al centro de la ciudad, o que evidentemente «resulta más agradable para vivir que el núcleo urbano». Paulino Tuñón, catedrático de Ingeniería Química de la Universidad de Oviedo y presidente de la Asociación de Vecinos de La Guía, invita a comprobar que es un lujo vivir en esta porción de Somió «casi en el centro» pero fuera de la ciudad, «con la playa muy cerca y la autopista más». En Leorio, Luis Álvarez identifica el secreto en este lugar «muy bien comunicado y todavía no demasiado masificado» en el crecimiento «desigual» del Gijón periurbano. El caso es que el modelo ha compuesto un cóctel de población «de retorno e importada», resume Antonio García, con el impulso de regreso al pueblo entreverado con el atractivo de la vida cómoda en la naturaleza. Los precios y el ansia edificadora y compradora de la burbuja inmobiliaria también hicieron su parte del trabajo con este paisaje que se ha dado la vuelta haciendo buen acopio de ladrillos, asfalto y hormigón para trazar otra ciudad, tranquila y próxima, sobre el mismo dibujo de caminos tradicionales que enhebraba la porción agraria del municipio más poblado de Asturias.

El patrón del recrecimiento urbano gijonés tiene variantes evidentes, varios tamaños, aspectos distintos y algún problema común a cuenta del modelo de ciudad que quiere el Gijón del siglo XXI. Del mismo molde han salido, en épocas diversas, el escaparate de palacetes y quintas con los que la burguesía industrial gijonesa colonizó Somió, a su lado los primeros adosados de los ochenta, El Rinconín o La Pipa, las urbanizaciones cerradas sobre sí mismas de Cabueñes, las villas unifamiliares de Deva y Castiello o la lenta reconversión de los reductos rurales de Mareo. El este de Gijón es un muestrario de toda la arquitectura residencial del último siglo y aún acepta pretensiones de expansión. Sin querer saber de crisis hay una grúa pluma y una hilera de adosados en construcción en La Guía, detrás de un cartel de «22 viviendas unifamiliares con el máximo confort y calidad». Hay un prado vacío en El Cerrón, Castiello de Bernueces, con un letrero que dice que se venden parcelas «con y sin chalet». Desde aquí, al fondo, resalta el perfil urbano de Gijón y el mar, al alcance de la vista para informar de los motivos de la difusión de esta parroquia como refugio de vida residencial. De lo que aún no se ve ni el rastro, alguien respira aliviado, es de las nuevas construcciones en altura con las que el plan urbano amenaza a esta parroquia tanto como a Cabueñes o a Granda. Existen sólo en el papel, aprobadas, frenada su traslación a la realidad por los tribunales y la crisis del ladrillo. «Ahora esas fincas están abandonadas y convirtiéndose en bosques, con el problema que nos causan los jabalíes», afirma Río, abiertamente partidario del crecimiento de siempre a base de edificación de baja densidad.

A la puerta de una casa de Somió, barrio de La Pipa, ondea la bandera de la parroquia, haciendo ostentación de sentimiento de pertenencia. La enseña está dividida diagonalmente en dos secciones, blanca con una estrella roja de diez puntas la parte inferior -representando a los diez barrios que abarca su demarcación- y verde la superior, con una ardilla amarilla, como para que se sepa que la raíz de todo esto es agraria. A los que se oponen a la urbanización defendiendo la ruralidad original de estas parroquias van a venir a darles la razón los trazados sinuosos, asfaltados y urbanizados, que se llaman en toda esta área «caminos» en lugar de «calles», en Somió se identifican con nombres de flores y plantas y no tienen nada que ver con las vías rectas paralelas y perpendiculares de la ciudad vertical. A sus orillas a veces surge un hórreo, alguna casa con panera, praderías sin edificar y la piedra de las iglesias de San Julián de Somió o los únicos restos prerrománicos del concejo, en San Salvador de Deva, y el románico de la capilla de San Miguel de Dueñas, en Bernueces, pegado ahora al camino que lleva al club de golf de Castiello. También hay una vaca pastando junto a la capilla de la Virgen de la Corrada, en Cefontes (Cabueñes). La mezcla es evidente, cada vez más desigual a favor de lo urbano, pero por debajo asoman aún restos de pasado. El plano actual del Gijón residencial se hizo pavimentando la traza antigua del rural, dejando al descubierto en los caminos las costuras de los viejos pueblos que ya estaban aquí antes.

Ovidio Río, que conoció Bernueces «sin agua, sin luz, ni una sola carretera asfaltada», que lo contempla ahora con club de golf e hípico, partido en dos por la autovía de Villaviciosa y el camino de la Carreterona reedificado hasta la rotonda del Curullu con ocho chalets todos iguales entre sí, hace tiempo que acepta quedarse como está. En la salida al mar de Somió, donde José Ramón Pardo preside el colectivo vecinal de La Providencia, también. Aquí, explica, «conviven por un lado la vivienda tradicional, la casería asturiana que se fue abandonando y se rehabilitó, y por otro los adosados, en los que nuestra zona fue pionera desde el caso controvertido de El Rinconín, con la misma casuística de las parejas jóvenes que buscan alejarse mínimamente de la ciudad sin dejar de seguir disfrutando de todos los servicios».

Pero el aluvión demográfico urbano del Gijón residencial chirría a veces cuando hace fricción con la base agraria. No faltará quien señale el modelo de urbanización cerrada sobre sí misma, con una valla hacia afuera y otra en cada uno de los chalets de dentro, que se reproduce en gran parte del área y da fe de los peligros que acechan a la ciudad dormitorio. Se sustancian en aquellas «urbanizaciones de veinte viviendas donde no se conocen unos a otros», apunta Ovidio Río, y se justifica un asomo de certeza de que tal vez «vamos hacia ello, de que no nos relacionamos ni conocemos al que vive enfrente», recalca Amalia Blasco, pero también la sensación de que no es todo igual en todos los sitios, de que hay una rica escala de grises. Soledad Lafuente, presidenta de la Asociación de Vecinos San Julián de Somió, manda por delante la cohesión que evidencia su lista de 1.500 socios sin local de reunión, y Antonio García la impresión de que la intensidad del fenómeno «depende de la fisonomía del núcleo rural», es menos frecuente por ejemplo en Deva y en Mareo, en los verdes menos tocados por la grúa y el ladrillo. «Deva mantiene esa mixtura», abunda el abogado. «Muchos de los que viven en las viviendas unifamiliares proceden de las quintanas y a poco que el que venga tenga cierta sensibilidad, es permeable a eso». Se refiere a esta dimensión social del sedimento agrario, precisamente lo que, a su juicio, no conviene echar a perder. «Tenemos que incentivar la integración y evitar que seamos simplemente un dormitorio», apunta Paulino Tuñón desde La Guía, esta parte de Somió donde «estamos haciendo esfuerzos grandes para que se integren los nuevos "colonos", los de las "colmenas". Y doy fe de que hay gente joven que responde».

El giro del Gijón agrario es, al final, estético y social. Paradójico. «Hay un cambio absoluto de sistema de vida», señala José Ramón Pardo. «Nuestras zonas son de tradición agrícola y ganadera. Antes los problemas se resolvían con trabajos en común donde la relación mutua era imprescindible» y ahora a veces predomina el modelo impersonal de la ciudad dormitorio. Hay quien apunta que las fiestas ejercen un papel de estructuración de las parroquias y quien, asintiendo, le da la razón a Pardo. «Tendríamos que replantearnos el sistema asociativo, programar una reflexión sobre si el mensaje que transmitimos es atractivo para los jóvenes. ¿Cómo?, es difícil».

La despensa es el dormitorio

Colgadas en las vallas que cierran algunas fincas, por toda la parroquia y fuera de ella, los carteles lanzan una llamada de auxilio que dice «S.O.S. Cabueñes» junto a una margarita saliendo de un ladrillo. El logotipo del levantamiento popular contra el «Muro de Cabueñes» les sirve también a sus vecinos del ancho valle que busca Gijón desde el alto del Infanzón. Hay peticiones de socorro espolvoreadas por la carretera que lleva a Deva y detrás de ellas, un mensaje a favor de más margaritas y menos ladrillos. El «Muro», que no ha pasado del papel, levantaría edificios en altura del hospital de Cabueñes a la autovía a Villaviciosa, una ciudad vertical en mitad del Gijón horizontal con un gran vial de cuatro carriles y un conjunto de actuaciones que «no sólo parte esta parroquia en dos, que pasa a Deva y lo rompe todo», lamenta Amalia Blasco, que sigue por Castiello y entra en Granda y... «Hay que revisar el modelo», sugiere Antonio García, «plantearse adónde vamos y quién va a ocupar esas viviendas, porque aquella idea de los madrileños viniendo en masa en el AVE ya era irreal y fantástica hace unos años, cuanto más ahora. Tenemos que preguntarnos adónde queremos ir; 2012 no es 2001, ha pasado una década y hasta un modelo económico, y hay que obrar en consecuencia». Gijón sufre por aquí, a su juicio, los efectos prácticos de un diseño urbanístico «pasado de moda». Para el abogado que representó al primer propietario que tumbó en los tribunales el plan de ordenación, ya ha perdido el sentido la estrategia de aumentar la edificabilidad que se concede a los constructores «a cambio de que el Ayuntamiento tenga los viales gratis». Por no detenerse más en la sensación de que «2.000 metros cuadrados de finca y 250 de chalé no es el modelo que necesitan esos nietos que quieren volver a las fincas de los abuelos y a los que les sobra con 130 metros cuadrados. Pero ése es el paradigma de todos los planes».

Todas son variaciones sobre el mismo tema del «desastre para la parroquia» que traerían las 4.000 viviendas que no hace tanto Ovidio Río veía acercarse a Castiello sin conmiseración. Todavía no, porque no está el horno para ladrillos y los tribunales han acogido las demandas ciudadanas, pero nadie se atreve a bajar del todo la guardia. Hay un frente común a favor de la edificación de baja densidad con sus propios matices internos. En Somió, carretera del Piles al Infanzón, un muro de cipreses separa una parcela vacía de una colonia de adosados y Soledad Lafuente lamenta que en el barrio paradigmático de la expansión residencial gijonesa el auge de la edificación pareada «nos perjudicó mucho, porque ése no era el modelo», pero aquí también amenazó la ciudad vertical con una gran torre en La Ería del Piles. Apenas se perciben fisuras al imaginar el impacto de los inmuebles en altura sobre el plano tradicional del Gijón periurbano.

En la ciudad residencial, nacida diferente, la oposición al plan urbano se plantea como una resistencia frente a la traición que supone entregar toda aquella periferia agraria que fue la despensa de Gijón en brazos de la edificación en altura. Y el «yo le veo un gran futuro a la zona rural» que pronuncia Antonio García se argumenta aquí mirando al suelo. «Hay que tener en cuenta que los suelos alrededor de Gijón son privilegiados, muy fértiles y a tiro de piedra de un mercado de consumidores excepcional», asegura. «A lo mejor cuando suba la gasolina a dos euros el litro vendremos a mirar y nos daremos cuenta de que en las mejores huertas hay urbanizaciones». Puede haber otros usos aparte del exclusivamente residencial, viene a decir, aunque el terreno de aquí vaya a seguir teniendo necesariamente esa calificación y el uso original del terreno del Gijón agrario no vaya, obviamente, a tener retorno.

El caso es que la parroquia de Leorio, que todavía está de paso desde el Gijón rural hacia la nueva vida urbana, tiene huertos municipales de alquiler y en el resto del ensanche oriental de la ciudad hay quien encuentra un espejo a seguir de combinación de funciones. También queda quien se acuerda de la fama de los tomates de Somió y también, esto es sólo memoria, de los «cientos de puerros» y el cebollín que cultivaba en los ratos que le dejaba el trabajo y que iba a vender desde Castiello de Bernueces a mercados de toda Asturias. Es Ovidio Río, que todavía puede recordar las plantaciones y los secaderos de tabaco que ocuparon la parcela donde se levantan hoy los edificios de la Escuela de Ingenieros en el campus universitario de Gijón. O los sembrados de trigo y los de remolacha para alimentar la Azucarera de Veriña, o los camiones de lombarda saliendo hacia Valencia y los vagones cargados de manzanas... Esto, que fue la despensa de Gijón, ha ido cambiando de habitación, aunque se resiste a terminar siendo solamente el dormitorio.

De la «milla del conocimiento» a la Feria de Muestras, no sólo chalets en el oriente residencial

Al Este del casco urbano, la zona limpia tiene prácticamente completa la tipología del urbanismo residencial, pero no sólo. Intercalado entre las viviendas, el manojo de servicios públicos atiende necesidades de toda condición. Cabueñes da nombre y asiento al hospital y al tanatorio y aporta a la denominada «Milla del conocimiento» el parque científico-tecnológico y el campus universitario, que esta parroquia comparte con las de Somió y Castiello de Bernueces. Deva puede aportar el espacio del Jardín Botánico Atlántico, que reparte con Cabueñes, un camping con capacidad para casi 1.500 personas y hasta el único observatorio astronómico de Asturias. Mareo y su escuela de fútbol son la marca del Sporting, por aquí hay tres campos de golf y decenas de merenderos y la diversificación de usos se ramifica con especial intensidad en Somió. En sus casi once kilómetros cuadrados de extensión residencial, la parroquia que  se opone a la uniformidad de los palacetes y las casas de campo entreverando entre sus cerca de setenta urbanizaciones casi medio centenar de locales hosteleros y de ocio vinculados a la línea de tranvía que empezó a pasar por aquí en los años cuarenta del siglo pasado, tres consulados, seis playas, club de tenis, el autocine de La Providencia y, sobre todo, la extensión creciente del recinto de la Feria de Muestras en la margen derecha del Piles. En conjunto, el Gijón oriental ha asumido una ligazón evidente con los usos terciarios que no es tan reciente como su reinvención residencial a gran escala.

El Mirador

Propuestas para mejorar el futuro

_ La tecnología

En Cabueñes sorprende que la «milla del conocimiento», la del campus universitario, el parque científico-tecnológico y la Universidad Laboral, tenga que pedir una mejora del acceso a internet que se repite al menos en Deva y Leorio. «Es increíble», protesta Amalia Blasco, que «no tengamos internet al lado de la ciudad de la cultura». «Luego la vocalía de la mujer organiza cursos de internet para la mujer rural en La Arena y no se apunta nadie. Lógico».

_ Los servicios

Eso es, casi literalmente, lo que reclama la Asociación de Vecinos «San Julián» de Somió, un local social con servicios y agua corriente para no tener que seguir utilizando los de la sacristía de la iglesia parroquial. En este capítulo gana enteros el transporte público, el que en Leorio no cubre la parroquia entera y muere en el Norte, en Mareo, o el que resulta insuficiente en Deva, actuando como «un elemento de deslocalización de vecindad», argumenta Antonio García, para «muchos habitantes, que si no se recupera el servicio van a dejar de vivir en la zona». En Castiello, Ovidio Río lleva años solicitando al Ayuntamiento una mejora de las dos salidas de la parroquia, manifiestamente peligrosas. Soledad Lafuente reclama asimismo algún equipamiento deportivo público y un centro social polivalente para mayores en Somió, y Antonio García, un parque en Deva. Esta demanda entronca con el esfuerzo por la sociabilidad que necesita la nueva fisonomía de estas parroquias y con el «error» de pensar que «el que tiene 2.000 metros cuadrados de finca y 250 de chalet tiene columpio» y no necesita más.

_ El camping

El de Deva podría compartir sus instalaciones deportivas con la parroquia y la gerencia está de acuerdo, afirma Antonio García, «pero hacen falta pequeñas inversiones» municipales que no acaban de materializarse. Si se trata de hacer vecindad, persevera, nada mejor que abrir esos equipamientos, infrautilizados en temporada baja, «aunque se preserve el verano para los campistas».

_ La costa

En La Providencia, la franja de costa protegida por el Plan de Ordenación del Litoral Asturiano (POLA) genera «agravios comparativos», afirma José Ramón Pardo, por la diferente calificación, «inadmisible», de algunas viviendas incluidas dentro de esa área.

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