Nostalgia minera

Históricamente apegada al carbón y en franco declive demográfico, Caborana debe asumir el desafío de su integración metropolitana, adaptándose a las nuevas exigencias de la población

Fermín Rodríguez / Rafael Menéndez / Caborana (Aller)

Probablemente haya pocas poblaciones tan apegadas a la historia minera como Caborana. Primero, hace casi siglo y medio a un gran lote de minas, después al coto de Aller de la Sociedad Hullera Española, más tarde a Hunosa. El plano de Caborana remite a esa dilatada tradición minera con grupos de nombre singular: Legalidad, Conveniencia y otros. Minas emboquilladas a distinta altura en la ladera, conformando pisos, unidos por planos inclinados. En cada nivel una trinchera recorrida por una maquinilla, las instalaciones auxiliares y un cuartel de residencia obrera. Los hay en lugares inverosímiles, por lo que más parecen posiciones militares, alargados blocaos, que germen ciudadano. Las peores hace tiempo que fueron abandonadas, cuando las minas se replegaron hacia los pozos, y en sus inmediaciones se levantaron más cuarteles y nuevas colominas, barriadas mineras que surgieron para cubrir las necesidades de alojamiento de la ingente mano de obra que necesitaba el laboreo de un gran pozo hullero, cuando ésta era el combustible fundamental.
 
Mundo siempre vertical, en las laderas, hacia arriba; en el pozo, hacia abajo; en la jerarquía de la producción, que también organizaba la vida. La organización del espacio refleja esta organización vertical. Desde la base, sobre la vega, los espacios públicos, escasos; las dotaciones, pequeñas para tanta población, y el suelo industrial, en recortes, con el grupo José Antonio. Viene luego la carretera general, que sigue siendo tal, aun perdida su función caminera, orlada por las dos alineaciones de edificaciones que le daban aspecto callejero. Las fachadas traseras lucen sus vergüenzas a la nueva circunvalación que las retrata. La alineación enfrentada no tiene este problema, la tapa la ladera en la que se apoyan sus muros, y en la que en vez de patios traseros hay lotes de huertos, obras de orfebrería minera para retener la tierra o llevar agua a las corripas y gallineros, a las que se llega por un dédalo de pindios caminos y caleyas. Las grandes urbanizaciones, la barriada de Fátima y los cuarteles de Tablada, dominan la escena y con sus trazos lineales rompen la verticalidad del conjunto. Rebasados éstos se reproduce la escena anterior en la que los protagonistas son antiguos cuarteles hoy disfrazados de adosados, que casi es lo mismo, pero aquellos con la marca vintage, si se hubiera decidido reivindicarlos con un tratamiento dignificante.

El pozo San Jorge, reprofundizado en 1940, y el Santiago, a cuyo castillete se le puso el ramo en 1951, representan aquí la simbiosis pozo-poblado, tan presente aún en las comarcas mineras, y cuyas instalaciones ocuparon las vegas fluviales del río Aller. Hoy acogen los resultados de las políticas de reestructuración, con instalaciones deportivas, municipales y pequeñas áreas empresariales.

Frente a Caborana y a mayor altitud, el caserío de Boo también reclama su papel en la minería histórica asturiana, que la tuvo y mucha. Su plano irregular nos indica la densificación del poblamiento rural anterior a la minería y el impacto de ésta sobre el caserío, en la fase de minería de ladera. Hoy pierde población como el conjunto concejil.

La minería sobrevive como puede y pocas poblaciones pierden población tan rápidamente como Caborana. El reflujo deja envejecidas las barriadas mineras. En la parroquia se ha pasado de 1.904 residentes en 2001 a 1.380 en 2011. De 1.735 a 1.281 en la localidad. 500 habitantes menos en una década. Aller exuda población y la sangría afecta ya a todo el territorio, al hábitat minero urbano, Moreda y Caborana, al anterior (Boo), a la villa capital, a las barriadas aisladas como Corigos o Nembra, a las localidades de actividades terciarias, como Collanzo o Felechosa, y a los núcleos rurales. La comarca de la Montaña Central muestra peores indicadores demográficos que el valle del Nalón a pesar de su mejor localización, más favorable. ¿Cuál es la causa? Probablemente una aceptación poco reflexionada de las ventajas residenciales de las ciudades costeras, de Oviedo y de sus ámbitos de expansión metropolitana. Y la pretensión de alejarse del declive, de los problemas, del envejecimiento del hábitat minero que no se ha acertado a remocicar, a pesar de la fuerza contenida en él.

Abundan en Caborana los topónimos vinculados a la vieja minería: Legalidad, Conveniencia, El Tarancón, Estrada, Boo. Incluso permanece la huella de la explotación tradicional en ladera: el Terceru Legalidad, el Quintu Legalidad, el Terceru Conveniencia. Varias generaciones vinculadas a la mina, a los accidentes y a una vida dura. Mucha vida contenida en los recodos de la población para lo que hoy vemos, y que otorga esa sensación de melancolía y nostalgia, tan habitual en los viejos poblados mineros, que poco pidieron y nada rehusaron,

¿Qué puede hacer Caborana? Como el resto de las comarcas mineras, tratar de unir su suerte a los territorios que avanzan, que están ahí compartiendo el área central asturiana. Integrarse es la palabra. Integración frente a enajenación. Frente a la pérdida del sentido de la realidad. Evitar recrearse en un mundo propio. Identificar correctamente las amenazas. Analizar qué es lo que funciona, ver lo que hacen, salir de la normalidad y de la aceptación del declive y el envejecimiento. Pintar las fachadas, remocicarse. Evitar aislarse en un mundo mental propio. Buscar nuevas vías de actividad, conectarse, engancharse ofreciendo algo más que su tradición, su peso en la vieja economía, renovar la mirada. Huir de la desmotivación y no dar por buenas sin más las simplistas consignas del marketing urbano actual.

Caborana es hoy un elemento más en los procesos de urbanización lineal propios de las comarcas mineras y, en este caso, de la Montaña Central Asturiana. Procesos que desde Mieres, su mayor núcleo urbano, se extienden por los valles de los ríos Caudal, Lena, Aller y Riosa. Aquí es visible la continuidad de Mieres hacia el Sur, en Santullano, Figaredo, Ujo, Santa Cruz, Bustiello y Valdefarrucos, que no puede ser la peculiar estación terminus de la línea de autobuses de Mieres, sobre un descampado alquitranado y con una frontera balizada por morrillos. Debe ser, junto con el pozo Santiago, el nexo de unión de dos concejos interdependientes. Que pueden compartir transporte público para el servicio de su población. La ocupación del valle sigue aguas arriba por Moreda y Oyanco y, menos densamente, hacia Cabañaquinta y Felechosa. Esta situación permite abrir paso, con más decisión, a la integración metropolitana del conjunto urbano del bajo Aller, formado por Caborana, Moreda, Oyanco y otros núcleos menores, donde viven más de seis mil personas. Porque la única salida vital al conjunto urbano de la comarca de la Montaña Central es su profunda transformación urbana y su ajuste a las demandas de la población asturiana. Y Caborana es hoy un eslabón en esa peculiar ciudad que busca su hueco y su futuro en el mundo metropolitano asturiano.

En el valle hullero

Caborana domina la entrada del concejo de Aller, abriéndose a la vista tras las dependencias mineras del Grupo Aller y del pozo Santiago, con Boo enfrente como testigo de la importancia histórica de la minería del carbón en el ciclo industrial tradicional. Hoy Caborana es de las localidades que más sufren la sangría demográfica que acompaña al fin del ciclo minero y que la sitúan, como al resto del concejo, ante la tesitura de afrontar un futuro que forzosamente ha de ser distinto, en el que debe encontrar aún vías de actividad suficiente para hacer de la localidad elemento vivo del sistema territorial asturiano.

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